A lo largo de las últimas (prácticamente) setenta y dos horas, los Cavaliers transmitieron una imagen de serenidad confiada: son el vencedor, el primer partido fue un mal sueño, estaban preparados. Las camisetas negras de mangas, las de la banda sonora del Sepulturero y la sonrisa torcida de LeBron James, salieron del guardarropa. Las de los partidos quinto y séptimo de las pasadas Finales: un amuleto, un trauma en la mente de los Warriors: el recuerdo de 2016. Estamos acá.

Los Cavaliers prometieron prosperar y mejoraron. En ciertos aspectos, o bien más bien en ciertos tramos del partido, mucho. Se fueron al reposo con un 67-64 que aun parecía premio excesivo para unos Warriors que habían perdido 13 bolas (cuatro en todo el primer partido), se desangraban en las zonas con Green cargado de faltas y vivían de un siete-1 supersónico en los menos de 2 minutos que había descansado un LeBron que estaba en 18+6+10 con un 8/12 en tiros. Que regía el partido con esa sensación de superioridad que le hace parecer capaz de todo: acostumbra a serlo. Con la camiseta negra con mangas, de vuelta al sitio del crimen: zozobra en la Bahía.

Los Cavs defendieron mejor, por lo menos por conceptos, hallaron formas de que Durant no anotara en la zona y devolvieron cada golpe de unos Warriors racheados, poco cautelosos con la bola y poco efectivos en defensa. Sorprendieron prescindiendo rapidísimo de Tristan Thompson y JR Smith, negados, y metiendo actividad con quintetos pequeñísimos con Love de pívot y LeBron de wildcard. Las Finales dos mil diecisiete parecían haber empezado pues los Cavs, tras llegar tarde a la primera estación, se habían subido en marcha a ese tren blanco, amarillo y azul que marcha a toda velocidad cara el título, cara la redención y cara la historia.

Los Cavaliers hicieron un montón de cosas mucho mejor.

Los Cavaliers perdían ciento veintiuno-noventa y nueve en el ecuador del último cuarto.

Al final encajaron ciento treinta y dos puntos, encuentre en Finales desde los ciento cuarenta y uno de los Lakers en 1987. Y dieciocho triples, asimismo récord. Fueron de nuevo por último pavimentados por una bestia que queja dentelladas salvajes hasta el momento en que doblega la voluntad de la presa. Una (ochenta y tres-setenta y tres), 2 (noventa y tres-ochenta y dos), tres: ese ciento veintiuno-noventa y nueve una vez que Kevin Durant pusiese de pie a una grada hirviente (nada que ver con dos mil dieciseis, tampoco en esto) con un tapón en un lado de la cancha y un canastón en el otro. Acabó con treinta y tres puntos, trece rebotes, seis asistencias, tres latrocinios y cinco tapones. Y acabó devorando a un LeBron que por último se apagó, agotado y obligado a jugar fuera de la zona cuando los Warriors dejaron de perder balones y cerraron corredores en defensa. Stephen Curry, que había vivido del tiro libre (10/10 en el primer cuarto) y había amontonado seis pérdidas en el primer tiempo, se desató tras el descanso: energía, concentración, actividad protectora y doce puntos en el tercer cuarto: al final 32, 10 rebotes y once asistencias.

Con Steve Kerr de vuelta al banquillo como antídoto contra el mal fario (las camisetas negras…) Iguodala y Livingston apretaron las tuercas atrás y Klay Thompson jugó un partido simplemente imperial. Volvió a secar a Kyrie Irving (19 puntos… con 23 tiros) y esta vez sí metió los lanzamientos: 22 puntos, 4 triples. Los Warriors no jugaron una buena primera parte, prácticamente no pudieron contar con Green (menos de veinticinco minutos) en instantes trascendentales, pasaron de cuatro pérdidas a veinte y de regir la pintura a encajar un cuarenta-sesenta en puntos en la zona. No importó. Semeja que con ellos nada importa. Volvieron a ganar (catorce-0 en estos playoffs) y volvieron a arrasar (doce de los catorce triunfos en dobles dígitos) con tramos en la segunda una parte de dibujos animados. Es un equipos tan bueno, tan excepcionalmente bueno, que siempre y en todo momento semeja que no hace todo cuanto podría hacer, que hay más balas (arsenales enteros…) en la recamase. Los Cavs mejoraron, como prometieron. Mas no lo bastante, como temíamos muchos. Probaron que morderán en su cubil de The Q, desde el miércoles. Mas asimismo que están lejos: 2-0 y +43 para los Warriors. Hace un año, 2-0 y +48. Entonces pasó lo que pasó por el hecho de que pasaron muchas cosas. No semeja sano apostar a que vayan a regresar a pasar. Y no estaba Kevin Durant. El reto para los Cavs semeja rematadamente imposible. Mas en el deporte, imposible solo es un adjetivo más…

LeBron terminó en 29+11+14 y también igualó a Magic Johnson como el jugador con más triples-dobles en la historia de las Finales (8). Mas se quedó en 11+5+4 tras el reposo, solo 4 canastas en juego, 2 puntos en el último cuarto. Kevin Love, contra su historia legendaria, fue muy eficiente en el poste y un desastre en la línea de 3 (2/7), donde le terminó pastoreando la defensa de los Warriors. Tal vez no haya realmente forma de que los Cavs tengan opciones, mas si la hay pasa por el hecho de que reciban más de Thompson y JR (tres puntos en 2 partidos) y por el hecho de que Kyrie halle la manera de escapar de Klay Thompson. Sin nada de todo eso, trazas del vencedor aún en funciones, la suspensión de credulidad que logra LeBron, singularmente con esa camiseta negra, termina estrellándose contra el duro suelo de la realidad. Por más que corra, su contrincante siempre y en toda circunstancia está por lo menos dos pasos más allí. Mejores en las trincheras, mejores en campo abierto y también inaccesibles cuando pisan de veras el acelerador. Y con Kevin Durant, válvula de escape ante cualquier amago de crisis. La diferencia esencial, la mayor de todas y cada una, respecto a junio de dos mil dieciseis. dos-0: nos marchamos a Cleveland.