Con drama. Con minutos que parecían eternos. Con el peso de la historia en la espalda. Con la demanda de cuarenta millones de apasionados. Contra la nómina más potente de extranjeros en México. Con el orgullo de once futbolistas nacionales en la cancha. De este modo se edifica el relato de un vencedor.

Por el hecho de que los últimos momentos parecían de trámite. Mas en una final, nada está definido hasta el silbatazo final. El tanto de Insípida carga de sofocación el cierre. Mas los tantos de Pulimentado y el “Gallito” tienen a Chivas cerca de la victoria sobre Tigres. Cuando por fin concluye el partido, explota no solo el estadio, sino más bien una nación rojiblanca compuesta por millones y millones.

Es la doce. La copa que ha aguardado más de diez años. La que encumbra nuevamente a Chivas. La que prueba que con mexicanos no solo se puede competir, sino más bien ganar. La que ensalza el orgullo nacionalista de un club que en tiempos de globalización, se sostiene estoico, sin abandonar a su tradición. Guadalajara es vencedor del Campeonato Clausura dos mil diecisiete.

La historia tiene una enorme virtud: es indeleble. Y tiene otra propiedad: por norma general, la escriben los ganadores. Se puede contar de mil formas diferentes. La perspectiva de quien la relate probablemente le va a hacer aparecer con diferentes detalles. Mas es un hecho: va a estar ahí para siempre. Para siempre tiene por nombre historia.

Una final se trata de eso. Pelearse por el pesado libro. A fin de que tras el último silbatazo, solo uno pueda redactar en sus indelebles páginas. No es poca cosa. De esta forma, la disputa de un encuentro como este se vuelve intensa. De comienzo a fin. Por el hecho de que no es un partido más. Pues los que los nombres que el día de hoy se graben ahí, se recordarán eternamente.

Tigres es un equipo potente. Que seguramente va a marcar una temporada. Y que en los últimos tiempos ha probado, con títulos, que es uno de los más fuertes del país. Tras el dos-dos de la Ida, arranca vehemente la vuelta en el lleno Estadio Chivas. André-Pierre Gignan prueba al 8’, con un punterazo de derecha que Rodolfo Cota controla sin complejidad.

Estos partidos no dan respiro. Todo vale. Ismael Insípida está en el suelo cuando conecta una suerte de chilena sobre el césped. Habilita a Jürgen Damm. Absolutamente nadie lo aguardaba. Cota sale apurado. Se tiende. En contraste al primer capítulo de esta historia, cuando el dos-dos de Gignac, esta vez sí se queda con la bola. El “ah” de alivio se escucha al 13’.

Chivas está obligado por su pasado a darle nueva gloria a su presente. Hace más de diez años del último título. Y su grandiosidad resiste ese género de sequías merced a los símbolos de identidad que producen afición sin importar un mínimo los resultados. Mas incluso de esta forma, es demasiado tiempo. Su afición lo sabe. De ahí que, hace pesar la casa como rara vez se ha visto.

Oswaldo Alanís conduce la pelota en territorio oponente. Levanta la mirada. Mete el zurdazo preciso. A la espalda del brasileiro Juninho. Alan Pulimentado persigue la redonda. Mide su viaje. La alcanza en el punto preciso. Acomoda el cuerpo. El defensa oponente ya ha sido superado. De aire, la prende. Convicción total.

Pareciese que el Estadio Chivas enmudece momentáneamente. Contacto con la bola. El remate es cruzado. Pegado al poste. El vuelo de Nahuel Guzmán es inútil. La redonda llega a tierra prometida. Estremece las redes. El inmueble explota. Tanto de Pulimentado. El marcador se abre al 16’.

La cerveza llovizna. Los apasionados la tiran al aire. Unos se abrazan con otros. Pulimentado, en el campo, recibe la felicitación grupal. En la banca, Matías Almeyda se funde con su cuerpo técnico. Algarabía total. Profunda. Sincera. Si la sequía de títulos es larga, es todavía más el tiempo que tiene Guadalajara sin coronarse en casa, desde mil novecientos noventa y siete. Eso explica cualquier exceso en el festejo.

De pie la tribuna. “¡Dale, dale, dale Rebaño!”, cantan más de cuarenta mil apasionados. Ese se ha transformado en el grito de guerra. La gente brinca. Es una ola rojiblanca que no deja de moverse. Que pesa. Que amedrenta. Que juega su partido. Es una final: no es para menos.

Tigres es uno de esos equipos que deja siempre y en todo momento la sensación que, de estimar, puede hacer considerablemente más. Pisa el acelerador. Gignac, ya se sabe, es un genio no solo para delimitar. Recibe de espalda y toca atrás para Javier Aquino. El disparo es de primera. Por un costado. Primer aviso, al 28’.

En la necesidad de ofender, algún espacio dejan los dirigidos por Ricardo Ferreti. Alan Pulimentado controla en la ribera del área. Abre para Néstor Calderón. Lo deja solo. Tanto, que tal vez no lo aguardaba. El “Avión” tarda en acotar. Y la defensa le tapa, al 29’.

El Rebaño Sagrado controla bien el trámite. Igual que en la ciudad de Monterrey, ha planteado un partido inteligente. Tácticamente gana la partida. Mas en una Final, cualquier desatiendo puede marcar diferencia. Pelota retrasada para Rodolfo Cota. El arquero rojiblanco se hace un embrollo con la redonda. Se le enmaraña en los pies. De milagro, Gignac no se la birla. Chivas se salva al 35’. Otra vez, el “ah” invade la tribuna.

Para la segunda parte, Tigres está obligado. Guadalajara apuesta por un juego inteligente. Concentración absoluta. El peso de un glorioso pasado sobre la espalda. Mas lo maneja bien. Soporta el vendaval. Primero, Salcido falla una barrida. Ismael Insípida queda solo en el área. Cota sale a tiempo y tapa, al 48’.

Javier Aquino llega a línea de fondo, quizás la única vez en todo el partido. Diagonal retrasada. Gignac conecta mal. La vuela impresionantemente. El francés disculpa, al 64’. Por instantes, el conjunto regiomontano es dueño del trámite. Mas Chivas está atento. La tribuna juega un partido aparte. Excepcional. Pesa lo que jamás había pesado. Canta. Brinca. No para el apoyo.

Minuto setenta. Pelota rechazada. José Juan Vázquez mide la pelota elevada. Da vuelo hacia la pierna derecha. Convicción total. Tiene una cita. No con la bola: con la historia. Conecta de aire. El disparo es desviado por un defensa. Nahuel Guzmán no llega. A las redes. A la gloria. Al recuerdo que jamás se borrará. Tanto del Guadalajara. Explosión absoluta.

Los visitantes demandan fuera de sitio. No existe. El árbitro Luis Enrique Santander da valía a la jugada. Es el dos-0 de Chivas. El cuatro-dos global que mata la serie. Con veinte minutos por delante, la grada es dicha en estado puro. Huele a vencedor. La doce está a un suspiro. El Guadalajara está cerca de ser de nuevo el club más ganador de México.

Mas afirman que en ocasiones, para llegar a la gloria hay que pasar por el averno. Ningún drama estaría completo sin una dosis de drama. Ismael Insípida se hace cargo de poner esa parte con un derechazo al 88’. Desde fuera del área, conecta de derecha. Cota no llega. En el fondo. El dos-1 que llena de sofocación los últimos momentos.

Otro momento de silencio. Cae Insípida en el área. Es tiempo de compensación. Semeja falta. El árbitro deja pasar. Hay reclamos. Mas no marcación. Los últimos momentos se diluyen. Silbatazo. El dos-1 es definitivo: cuatro-tres global. La doce ha llegado. La sequía ya no existe. El doblete es real. Guadalajara es nuevamente el club más ganador en la historia del futbol mexicano. Bienvenido, vencedor, cuarenta millones de apasionados te extrañaron por diez años.