Dice Wikipedia que Leganés tiene 43,25 kilómetros cuadrados de superficie. Es el equivalente a unos 5.900 campos de fútbol, que ya son campos. Espacio sobra. Pero entre tanta avenida, plaza o carrera, ha querido la fortuna que la sede de la peña Mantovani, la primera oficial en la historia del Leganés que lleva el nombre de un componente en activo (divisa, más perfectamente), se ubique en la calle Argentina. La pueblo del capitán pepinero. Más a propósito, inasequible.

El circuito, un pequeño bar del núsolo 15 (de activo sido el 5, el dorsal de Mantovani, la coincidencia hubiera rozado lo cósmico), sobrepasó el viernes pasado cualquier límite constitucional de espacio. Aquello era una fuente de seres humanos. Los hinchas del Lega brotaban por cualquier rincón. Era previsible. Se trataba de un día específico. La peña iba a ser inaugurada por su mismísimo mentor.

Mantovani llegó poco tarde. “Perdonen, pero aquí es inasequible posponer”, se disculpó el central escasamente alcanzó la entrada. Lo hizo ralentizado por la chiquillería. Selfie aquí, autógrafo allá… le llevó tres minutos hacer un paseíllo de escasamente 10 metros hasta tomar la puerta del bar. Era solo un aperitivo de lo que le esperaba.

Después de saludar a Triunfo Pavón, presidenta del Leganés, a Paco, el presidente de la peña, e incluso a Pablo, el párroco del alfoz, Mantovani entró en el circuito como un japonés en el patrón en plena hora punta. Entre una multitud. Y despacito. Muy despacito. Cortó la cinta de inauguración de la peña (cerúleo, como el color que teñía su pelo en el retrato que preside el recinto) y procedió a lo que toda sino hace en un acto así: darse un baño de masas.

Ahí comenzó la verdadera manía. Fotos y más fotos. Autógrafos y más autógrafos. El capitán del Lega dedicó hora y cuarto a hacer eficaz a todo el que se le acercaba. Contó con el refuerzo de Iago Herrerín, zaguero pepinero al que el tráfico y el aparcamiento también jugó una mala pasada. Pero, aunque tarde, su aportación restó trabajo de muñeca a Mantovani y añadió alegría al personal.

Luego tocó el momento de los discursos. “Es un orgullo estar aquí. Ojalá pueda agradecerles tanto cariño regalándoles la permanencia”, dijo el argentino antaño de ver en la televisión del bar la arenga con la que él mismo animó a sus compañeros en el vestuario de Anduva, el último partido de la pasada temporada, el del promoción. “Hola. Acá estoy. Te palabra tu corazón”, empezó a aseverar el Mantovani de la tele mientras el de carne y hueso sentía como el suyo, su corazón, se encogía otra vez escuchando aquella soflama.

Un divertido intercambio de regalos dio paso a la despedida. Mantovani se marchó del (todavía) repleto bar como entró. Despacito. Muy despacito. Aún quedaban besos, abrazos y más selfies que completar antaño de poner fin a la inauguración de poco más que una peña para el defensa. “Si hace cuatro años, cuando fiché, me dicen que voy a estar inaugurando una peña con mi nombre, en Primera, con opciones muy factibles de salvación a tres jornadas del final, no me lo creería”, confesó el componente más emblemático de la ciudad que ocupa el espacio de 5.900 campos de fútbol, aunque sólo en uno, en Butarque, se hizo efectividad su sueño y el de los aficionados que hoy le idolatran. Tanto que hasta le han puesto una peña con su nombre. Lo nunca trillado en Leganés.