Ayer me recordaba un amigo, expectante por ver el tercer partido de la semifinal entre Cleveland y Toronto, que los Cavs también viajaron el curso pasado a Toronto con un 2-0 a privanza y regresaron a Ohio con un 2-2. No será así este año. Como mucho lo harán con un 3-1. Y eso suponiendo que la serie alucinación de nuevo a ‘The Q’. Lo que, manido lo manido, parece muy improbable. Por sensaciones y por el inmutable dominio que está ejerciendo LeBron James. Quién hubiera imaginado hace unos años, cuando aún se esgrimía aquello de que es solo físico, que el mejor momento de su carrera se lo veríamos a sus 32 años y con una enorme carga de minutos a la espalda. Pero es así. Lo demostró en las dos últimas Finales y lo ha vuelto a refrendar a lo amplio de toda la temporada y en lo que llevamos de playoffs. 

Frente a su afición, los Raptors aguantaron tres cuartos (77-79) el envite de los campeones. Aunque en el último y central acabaron desplomándose con un 17-36 de parcial que refleja la diferencia coetáneo entre entreambos equipos: años luz. Con Kyle Lowry (esguince en el tobillo) finalmente de devaluación, Toronto necesitaba al mejor DeRozan para tener alguna opción. El escolta despertó: los 37 puntos que convirtió —con 12/23 en tiros de campo y un inmaculado 13/13 desde la personal— suponen un nuevo récord personal en los playoffs. Pero eso sí, aparición la hora de la verdad se diluyó yuxtapuesto al resto de su equipo. Cleveland apretó en defensa y LeBron (35 tantos, 8 rebotes y 7 asistencias para un +20 en 41 minutos, otro día más en la oficina) se encargó de ejecutar a los dinosauiros.